La ciudad
La ciudad no es la aglomeración de las casas y edificios con sus calles, la ciudad es el espiritu que nace de allí y que nos irradia a todos; es la afinidad cultural y el sentido de pertenencia que nos unifica en torno a nuestros valores. La ciudad es nuestra bandera, nuestro escudo y nuestro himno cuando todos los morenses nos sentimos representados en ellos como símbolos del gentilicio y no como meros emblemas decorativos. El poeta Pedro Francisco Lizardo dijo una vez que: "una ciudad así construida generará su propio espíritu. Y juntará su palabra con la del hombre y entonces tendrá quien la cuente. Quien la diga y la célebre, quien la explique y la defienda, quien la sostenga y la concilie, quien la sufra y la padezca, quien la dirija y la proteja". El poeta Lizardo vuelve a sentenciar con su limpia prosa: "No es por simple azar que nacen y crecen las poblaciones, toda fundación surge por imperativo histórico y geográfico y toda ciudad descansa sobre la tradición que es simple y llanamente conciencia de pueblo". He ahí los cimientos de la ciudad: su conciencia de pueblo, su memoria colectiva, su historia y sus tradiciones. Porque "un pueblo sin anales, sin memoria del pasado sufre una especie de muerte, viene a ser como aquella tribu que sólo andaba por el agua para no dejar su huella", como bien lo dijo el cronista mayor de todos los tiempos: Don Enrique Bernardo Núñez. Pero, el municipio Mora no es como esa tribu que no dejó huellas; tenemos una historia en común que nos viene desde tiempos remotos en este espacio geográfico del estado Carabobo, cercano al mar, que bate sus olas a poca distancia. Viejo escenario de piratas y contrabandistas incursionando en los inhóspitos parajes y ensenadas del golfo triste. Ese mismo mar que se convertía en caminos abiertos por donde transitaban los barcos Guipuzcoanos preñados de frutos extraídos de nuestro territorio. Aquella antigua aldea de negros, rodeada de montañas en donde a menudo acudían los cimarrones, fugitivos y otros rebeldes huyéndoles al látigo esclavista, y aquí formaron sus cumbes o rochelas para compartir su pena y su dolor, y para solazarse bajo la protección de vírgenes serranías, tierra aún olorosa a cacao, cuyo olor se quedó como un estigma en la piel de sus primitivos pobladores. PD: Amigo alcalde, la ciudad reclama que se le restaure el bronce natural a la estatua del Libertador en la plaza Bolívar. La pátina se remueve con un químico que se usa para tal efecto. Nada cuesta consultar antes de actuar. *Cronista Oficial del Municipio Juan José Mora.