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Carlos Columbo 🔍

Según Eulogio González, es integrante de la plana mayor del partido político La Hormiga.

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Bohórquez 🔍

Según Eulogio González, conocido como el manco Bohórquez, es miembro de la plana mayor del partido La Hormiga.

apodo: El manco
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Moreno o Quintana 🔍

Según Eulogio González, son sujetos de apellido Moreno o Quintana que atendían un kiosco de periódicos cerca de la avenida Carabobo.

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Omar Sirit 🔍

Según Eulogio González, forma parte de la dirección del partido político La Hormiga en Morón.

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Crónica Web #489

Libro Crónicas desde Morón - Odisea en la Encrucijada

Libro Crónicas desde Morón - Odisea en la Encrucijada
Era uno de esos lunes cuando la resaca agobia, me dijo el amigo visitante Eulogio González. Caminaba al término de la avenida Falcón, donde está la parada de los autobusetes que van hacia el estado del mismo nombre, cuando una lata de refrescos salió de una de las ventanillas de aquéllos y fue a dar directamente a mi ya nada incipiente calva. Con mi dolor a cuestas continué mi marcha, dejando la acera y tomando casi el centro de vía, a riesgo de que me atrepellara un vehículo, puesto que numerosos y variados artefactos electrodomésticos, propiedad de unos libaneses, ocupaban el paso legítimo de los peatones, y pensé: ¡Dios mío, qué pequeño se hace el centro de la ciudad para los indefensos caminantes sin que ninguna autoridad ponga coto a este bochinche!
Crucé hacia la izquierda y vi a la plana mayor del partido político La Hormiga, compuesta por Carlos Columbo, Ornar Sirit y el manco Bohórquez, quienes hablaban de que en las próximas elecciones ganarían la gobernación, la alcaldía, 5 diputados y 7 concejales; más allá estaban unos radicales vociferando, casi tumbaban al gobierno.
Pasaba al frente de una licorería propiedad de un asiático, ¡qué raro!, cuando se me abalanzaron dos mancebos a martillarme las cuatro lochas que me habían quedado del fin de semana, para echarse el estribo; por supuesto que les dije que no, y entonces uno de ellos me amenazó. Seguí mi camino por entre los buhoneros, midiendo bien mis pasos para no pisar las mercancías que estaban sobre la acera. En sentido contrario venía un señor de cierta edad, quien, al distraerse, enredó su rostro en una pantaleta de enormes dimensiones que colgaba de un ganchos; no sé si era de talla 44 o XXL, perdónenme mi ignorancia, pero es que soy monocuco y no he visto muchas. El desdichado señor resbaló y tropezó con una dama de voluminosa corpulencia que a la vez pisó un plátano maduro que estaba en el suelo, de un vendedor de piel muy oscura; la agraviada dama se deslizó sobre el banano como si éste fuese un patín y fue a caer su noble humanidad sobre mi maltrecha pierna izquierda. ¡Ustedes se imaginarán lo que pasó conmigo! Caí a gran distancia sobre el tarantín de un quincallero cuya mercancía rodó por los suelos. Apenas pude incorporarme, con ciertas molestias, el buhonero quería golpearme solicitando que le pagara unos bombillos que se habían quebrado. Gracias a la oportuna intervención de un desconocido y a mis ágiles pernas corrí y crucé al otro lado de la avenida Carabobo.
Pasado el susto, opté por comprar un periódico en el kiosco más cercano; allí me atendieron unos sujetos afeminados, creo que eran de apellido Moreno o Quintana. La sed me atormentaba y busqué saciarla, encontré a un chichero que discutía con uno de sus clientes que estaba delante de mí; preguntó cuál era el objeto de la discusión, el cliente me respondió que él no estaba pagando para que le dieran una chicha sonriente, sino que pagaba para que le dieran una chicha higiénica. ¿Chicha sonriente? Repregunté confundido. Sí -me dijo- porque cuando le eché el primer trago apareció dentro del vaso una dientera pelada. ¿Dientera qué....? Chico, un puente dental -dijo- que a alguien se le cayó dentro del perol de la chicha y para mala suerte me tocó a mí; al lado gritó otro: "Guá, yo tuve más suerte, a mí me tocó una cadena de oro". Ah, okey, ya entendí -le dije- y me alejé del sitio rápidamente. Hasta la sed se me quitó.
Seguí rumbo hacia el este de la avenida, meditando lo que había pasado, cuando de pronto me sorprendió un mozalbete que venía a veloz carrera con un puñado de prendas que había arrebatado. ¡Agárrenloooo! Gritaba la gente. ¡Ahí va el ladrón! era el grito común de los transeúntes. Por suerte el malandro no me rozó, pero la señora que venía detrás de aquél y a la que supuestamente le había hurtado sus joyas, se apresuró y me abrazó sollozando, llorando me dijo que la ayudara. Yo también como un caballero la abracé para consolarla. Estas escenas duraron apenas unos minutos; luego me despedí de ella.
De nuevo reanudo mi marcha y cuando voy a llegar a mi destino por poco me muerde un perro que tropecé y que al momento se estaba comiendo una cabeza de pescado que había botado un pescadero ambulante. Al fin llegué al negocio donde iba a comprar algunos objetos. Hago el pedido y cuando voy a pagar no encuentro mi cartera, me registro todos los bolsillos y no hay nada. ¡Me habían robado sin darme cuenta! Hago memoria y no sé en qué parte fue, porque cuando compré el periódico aún cargaba mi dinero. ¡Caramba, pa' mí que fue esa señora llorona la que me robó! De víctima pasó a victimaría.
Concluyó diciendo el amigo visitante lo siguiente: los moronenses no han apreciado lo bella y amplia que se ve la Encrucijada de noche, cuando es posible verla despejada y limpia. ¿Qué opina usted, amigo lector?
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