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Endemia de Paludismo 🔍

Según Alexis Coello, una enfermedad que azotaba el valle de Morón a finales de los años 30, afectando a hombres, mujeres, niños e incluso animales, antes de las campañas de control de mosquitos.

metodo combate: Polvo blanco para el mosquito
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Juan Vicente Gómez 🔍

Según Alexis Coello, fue el gobernante venezolano con mayor permanencia en el poder (27 años). En la década de los años treinta, figuraba como hacendado y ganadero en el municipio Juan José Mora.

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Morón 🔍

Según Alexis Coello, en la década de los treinta era un poblado bucólico y rural con escasos habitantes (1.203 personas y 264 casas). Su economía giraba en torno al cacao y el coco. Los caseríos que lo conformaban eran el centro, Alpargatón, Las Vegas, Boca de Yaracuy, Sanchón, Santa Ana, Gomera y Zapateral.

poblacion: 1.203 habitantes
viviendas: 264 casas
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Urama 🔍

Según Alexis Coello, situada en la carretera de la Costa a 26 metros sobre el nivel del mar. En los años treinta contaba con 1.000 habitantes y 217 casas. Tenía una agricultura y ganadería más desarrolladas que Morón y funcionaba como el feudo del general Félix Galavís. Sus caseríos incluían San Roque, Canoabito, Central Lucinda, San Pablo, Los Teranes, Colombia y El Salado.

poblacion: 1.000 habitantes
viviendas: 217 casas
altitud: 26 msnm
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📖 Consulta de Documentos Originales
Crónica Web #490

Libro Crónicas desde Morón - Por un Caballo y una Mujer

Libro Crónicas desde Morón - Por un Caballo y una Mujer
Finalizaba la década de los treinta, era Morón el valle acurrucado entre la serranía que al sur se divisa pintando verdes con mechones grisáceos que se pierden en la espesura de la neblina y el blanco oleaje del Golfo Triste, cuya brisa mecía los largos cocoteros colgando tupidamente sus frutos redondos, cobijado todo el valle por el azul sin manchas de un cielo que persuadía a la inspiración de los poetas. De Cariaprima bajaba su río haciendo meandros con sus límpidas aguas, cual cristales sinuosos que giraban lentamente a poniente para regresarse e ir paralelamente a la calla más importante del escaso poblado. En sus riberas, garzas y flores combinaban un paisaje en armonía, bambúes y cañas complementan el habitat de anfibios, reptiles y aves sedentarias. A la puesta del sol bandadas de palomas montañeras cruzan los cielos rumbo a la cordillera; en las noches silentes a poca distancia ruge el tigre. La vida es taciturna y pueblerina, la monotonía sólo es rota por los tañidos que brotan de la iglesia Santa Ana anunciando una misa dominguera, algún evento especial o simplemente doblan las campanas para avisar que a otro paisano se lo llevó el paludismo. ¿Cuántos van este año?, se pregunta Clodomiro. ¿Cuándo irá a acabar esta endemia que no perdona mujeres, ni ancianos, ni niños? Ni siquiera a los animales perdona, decía.
Ahora recuerdo mi potro zaino -comenta-. Con él quedé campeón coleador varias veces en las fiestas patronales de la virgen de Sana Ana. Aquí mismito, en la calle Real, rodaban los toros arrastrados por la fuerza de mi caballo Lucero, no había toro que se resistiera. ¡Qué tiempos aquellos! Las muchachas me llenaban el pecho de cintas multicolores, fue una tarde de feria cuando en la manga, posado sobre mi potro una mujer hermosa me colocó una cinta, jamás olvidaré sus grandes ojos negros, era Clarita, allí la conocí, para mi fortuna o para mi desgracia.
Clodomiro Era en su juventud un hombre fortachón, alto, de piel tostada por el sol. Lucía una gruesa correa de cuero en su muñeca derecha y un sombrero de ala que le caía hacia un lado. Su pelo era negro y crespo, buen porte. Era mujeriego, parrandero y jugador. Era caporal en una de las haciendas en los alrededores del pueblo, tenía fama de guapo, siempre andaba armado. No había mujer que se le negara, sostenía.
La conversación continuaba su curso en medio del bullicio de la sala del bar Las Cuatro Esquinas, numerosas botellas vacías colmaban la estrecha mesa. Un interlocutor pregunta: "Clodomiro ¿quépasó con tu vida próspera y exitosa?" "Gua, qué va a pasar, pues -responde Clodomiro-mi caballo Lucero un día amaneció con calenturas, se puso triste y se echó al suelo, más nunca se levantó, se lo llevó la malaria, lo enterré y todavía lo lloro. Después, a los dos meses, fue que llegaron unos doctores de Caracas a regar un polvo blanco para acabar con el mosquito asesino, pero y a no había remedio, mi Lucero estaba muerto. "Pero bueno, chico, no es para tanto, Lucero era sólo un animal, ñique fuera tu mujer", terció otro en la conversa. "No jo... con mi mujer me pasó otra vaina. Diez años después de haber muerto mi caballo — relata Clodomiro- llegaron unos ingenieros a formar una compañía y que le iba a dar trabajo a todos, tú sabes que ya las haciendas no daban nada, el petróleo embromó al campo. Yo me enrolé en los primeros trabajos de esta compañía, trabajé en la canalización del río, vaciando concreto, allí conocí mucha gente importante, y para ponerme en la buena con los jefes un día invité a varios ingenieros a comer en mi casa y les presenté a Clarita, quien los atendió muy bien, a ellos le gustó la comida de mi mujer y como venían de otras partes pidieron que Clarita les siguiera haciendo la comida que ellos pagaban bien, pues, yo acepté, tú sabes, para ayudarme ".
Clodomiro bebió un sorbo de cerveza Zulia y continuó su relato: "Pues mira, chico, cuál fue mi mayor sorpresa cuando un día regreso temprano del trabajo porque me sentía mal y encuentro al ingeniero Gumersindo arriba de mi Clarita querida, entonces me volví loco, al ingeniero lo saqué en calzoncillos aplomo de mi casa, y a mi mujer le sembré dos plomos en el corazón. Le di la muerte en el mismo lugar en donde antes cultivaba ternura. A mi caballo se lo llevó el atraso y a mi mujer se la llevó el progreso", concluyó.
Hace tiempo que no ven a Clodomiro, la última vez que lo vieron parecía cansado, sus pasos arrastraban las penurias de años, ahora lucía pálido y seco, su cabello se cubrió de cenizas de angustia, no buscaba compañía, dijo que no necesitaba de nadie, que se bastaba con sus eternos acompañantes: su botella de Popular, el recuerdo de su potro zaino y los grandes ojos negros de Clarita.
Los diarios locales dieron la noticia sobre un cadáver encontrado colgando de un árbol. Se parece a Clodomiro, gritó un mirón. Una Venezuela se fue con su potro, la otra, se quedó con Clarita, y a Clodomiro se lo llevó la tristeza.
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Crónica Web #66

Tiempos de Galavís

Tiempos de Galavís
El general Juan Vicente Gómez fue el gobernante venezolano que más tiempo duró en el poder. Fueron 27 años de férreo dominio político y económico; fueron años de lucha y de resistencia, que más que luchar contra el dictador era la inquieta espera ante la longevidad del general, sus oponentes ya se habían resignado a esperar su muerte; mientras tanto, los exiliados se morían en el exterior. El gran poeta Andrés Eloy Blanco refleja este hecho así: "Venezuela, más poblada en la gloria que en la tierra / La que algo tiene y nadie sabe dónde / Si está en la leche, la sangre o la placenta / Que el hijo bueno se le muere fuera / Y el hijo cruel se le eterniza adentro". En el municipio Juan José Mora la vida era apacible, bucólica y rural por allá por la década de los años treinta, ya el gomecismo entraba en su declive, en su descenso en la parábola. En Morón y Urama el señorío político y económico lo ejercía el general Félix Galavís, amigo y compadre del presidente general Juan Vicente Gómez. De su propiedad eran las grandes haciendas, la ganadería, la industria de la copra (materia prima para la fábrica de aceite de Puerto Cabello), los trapiches, los hoteles y demás inmuebles de valor. Eran los tiempos de un río Morón caudaloso y con una exuberante vegetación, preñado de camarones, babas y otras especies. El poblado tenía escasos habitantes, era la época del paludismo y de otras epidemias en un medio insalubre con insuficiente asistencia de los servicios públicos y de la medicina. Un censo nos dice que había "264 casas y 1.203 habitantes, de los cuales son varones 616 y hembras 587". Los caseríos eran, además del centro de Morón, Alpargatón, Las Vegas, Boca de Yaracuy, Sanchón, Santa Ana, Gomera y Zapateral. La economía del municipio gira en torno al cultivo de cacao, aunque ya el coco y sus derivados comienzan a ser un factor importante en la comercialización y en el sustento de la población. Los principales comerciantes eran: el general Félix Galavís, Enrique Rivero, don Elías Rodríguez y Cía., Rafael Rodríguez. Los hacendados y ganaderos eran: el general Juan Vicente Gómez, el general Félix Galavís, Jorge Mendoza, Pedro N. Tagliaferro. La actual parroquia Urama tenía en ese mismo tiempo "217 casas y 1.000 habitantes, de los cuales eran varones 539 y hembras 411". Además del centro de Urama, existían como poblados los caseríos de San Roque, Canoabito, Central, Lucinda, San Pablo, Los Teranes, Colombia y El Salado. Las crónicas de esos años señalan que Urama está situada sobre "la carretera de la Costa", a 26 metros sobre el nivel del mar. Las actividades económicas de Urama eran similares a las de Morón, aunque aquélla tenía una ganadería y una agricultura más desarrolladas y era propiamente el feudo del general Félix Galavís. En este sentido él era el único hacendado y ganadero para 1930, reinaba en un extenso territorio y era el dueño, además de las posadas y hoteles, abastos, aserradero, etc., y del central Lucinda que era como un centro comercial o Sambil de la actualidad. Otros comerciantes de Urama eran: Paulino Alma, Juan Barrada, lez, Domitiza Picado, Nicomedes Ramón Cedeño, Domingo GonzáPicado y Manuel Sequera.
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