Libro Crónicas desde Morón - Miguel Elias Dao o la Virtud
Que me disculpe el doctor Asdrúbal González por quitarle prestada esta cualidad (la de virtuoso) al General Bartolomé Salom, para calificar al cronista de la ciudad de Puerto Cabello. Pero ¿qué puedo decir yo que no se haya dicho de don Miguel Elias Dao? ¿Acaso podría agregar algo nuevo a sus innegables méritos como intelectual, como servidor público o como amigo? ¿Qué escribo que no se haya escrito? Yo quisiera verlo, entonces, desde mi óptica muy personal.
No voy a ufanarme en decir que soy amigo de Miguel Elias, pero siempre he estado cerca de él, a través de las lecturas de sus prolíferos libros y sus enjundiosos artículos de prensa. Su prosa cautivadora despertó en mí el interés por los temas regionales y locales. Recuerdo el primer libro suyo que llegó a mis manos: "Panorama Geográfico del Distrito Puerto Cabello", el cual gentilmente me obsequió, en mi época de estudiante de secundaria, mi profesor y amigo, el colega Oswaldo González. Con este primer libro (que yo conocía, ya Miguel Elias tenía unos tantos escritos) me adentré en los conocimientos básicos de! contexto geográfico del Distrito Puerto Cabello, y específicamente en el de Morón, porque éste como municipio de aquél estaba vinculado en un estamento fisiográfico y en una historia común e indisoluble que los límites político-administrativos difícilmente pueden desmembrar.
Luego la sapiencia de Miguel Elias produce "Morón de Venezuela ", que viene a llenar un vacío en la bibliografía local cuando Morón se estrenaba como flamante municipio autónomo. Desde este hecho, la municipalidad de entonces (y la actual también) adoptó como cronista sentimental de Juan José Mora a este viejo caudillo del arte y del oficio que preconizaron Enrique Bernardo Núñez, Alfonso Marín y otros no menos ilustres.
"Morón de Venezuela" es y será un texto obligado en la consulta diaria para penetrar en la cima del conocimiento histórico, cultural, geográfico de nuestro municipio. En él, además, se precisa estadísticamente de sus potencialidades económicas, sus recursos actuales y su configuración política y administrativa.
Ahora veo a Miguel Elias enjuto, reclinado sobre su silla giratoria en el amplio salón, que le sirve como oficina, del viejo almacén de la Compañía Guipuzcoana que los vascos construyeron en la primera mitad del siglo XVIII. La atmósfera del recinto está impregnada de cultura, de conocimiento que pareciera emanar de aquellos anaqueles viejos y modernas vitrinas, repletos de libros y papeles, pero bien cuidados y organizados. Se respiran tiempos de antaño que trae la brisa marinera; a veces se oye un zumbido como si atracara en el puerto un enorme galeón español. Esta zona colonial nos despierta la imaginación y nos hace soñar el ser huésped de la antigua casona de la Guipuzcoana. Gracias a este hombre que ahora está frente a mí, se logró el rescate de la zona colonial de Puerto Cabello y la remodelación de la entablada construcción vizcaína.
Al momento veo a Miguel Elias con los ojos de un pichón de cronista, con admiración, a cada palabra que suelta se me agiganta su imagen. Me habla de su llegada a Puerto Cabello en las alas de un pelícano, con tan sólo cuatro años de edad. Atrás dejó su tierra natal, pero que no ha olvidado, a ella, es decir, a Tucacas, también le ha dedicado parte de sus desvelos y hebras de su encanecido cabello para forjarle una historia y una nota de nostalgia. Me habla de su pasantía por la ciudad de Caracas, de sus estudios, de cómo costeaban con 120 bolívares mensuales gastos de pensión y tres comidas diarias. Me habla de su ingreso a la Academia de la Historia, a la Academia de la Historia de la Medicina, de su asunción como cronista sustituyendo a otro gigante porteño de las letras nacionales: Don Ramón Díaz Sánchez.
Me habla, y yo como tímido discípulo guardo silencio, sobre temas de actualidad, mostrando intactas su vigencia y su lucidez. A sus ochenta años me parece más bien un joven cuyo denso espíritu lo dispone para enfrentar con un ánimo sublime los avatares de la vida. Para este patriarca no hay otoño. Debo decir que este diálogo ¿o monólogo? Fue interrumpido por numerosas llamadas telefónicas de sus amigos y para cada uno de ellos tuvo un chiste a flor de labios. Así percibo a Miguel Elias Dao a sus ochenta años: sabio, sencillo, y amigo de los que tienen la dicha de serlo. Gracias, Miguel Elias, por tus enseñanzas y por tu ejemplo.