Tiempos de Galavís II
Félix Galavís fue un general de la cúspide del poder gomecista, pertenecía a la elite del entorno del dictador. Le unían a Gómez no sólo los créditos que la guerra demanda como la lealtad, la valentía y el apoyarse o el protegerse mutuamente a lo largo de las contiendas o de las batallas, sino también que les unían una estrecha amistad y compadrazgo. de haber llevado a cabo la organización moderna del Ejército, su uniformidad y su reestructuración en forma ordenada conjuntamente con el oficial del Ejército chileno Mac - Gill, quien fue director de la academia militar de su país y quien había sido contratado para tales fines. Esto sucedió en 1910 siendo el ministro de Guerra y Marina el general Régulo Olivares y el general Félix Galavís, Inspector General del Ejército. En 1916 el general Félix Galavís es sustituido como Inspector General del Ejército por el hijo mayor del dictador, José Vicente Gómez; este cambio demuestra lo estratégico del cargo cuando el general Gómez coloca a su propio hijo para remover al compadre y amigo, y así seguir manteniendo el control supremo de las Fuerzas Armadas. Sobre esta circunstancia, escribe un investigador: "Félix Galavís fue destituido de su cargo por una intriga del círculo familiar vicentista (de José Vicente). Fue acusado de intentar una conspiración, apoyándose en su alta investidura en la Inspectoría General del Ejército. Esta calumnia fue insinuada en corrillos alrededor del dictador, atribuyéndoseles propósitos antigomecistas a algunos nombramientos y Galavís, además, tenía el mérito disposiciones de Galavís". El cargo militar de Galavís era el segundo en jerarquía según la estructura particular que el general Gómez daba al Ejército: El general Félix Galavís fue el Inspector General del Ejército, sólo por debajo de Gómez en el mando, quien era presidente de la República y a la vez comandante en jefe, puesto que al ministro de Guerra y Marina lo ponían a ejercer funciones administrativas. Cuando Gómez no era presidente (porque ponía a un títere suyo) entonces conservaba la comandancia del Ejército y el segundo jefe del Ejército seguía siendo el Inspector General. Después de ser destituido de la Inspectoría General del Ejército, Galavís se ocupa o les dedica más tiempo a po a sus negocios particulares; comienza a desarrollar su hacienda "Urama" y el "Central Lucinda". En Urama construye un edificio de dos plantas para un restaurante. Hospedaje moderno (posada) que va a solucionar el problema de los viajeros de Valencia a San Felipe (o viceversa) que en todo ese largo camino no existía un sitio donde comer y dormir. Cercano al río Urama, establece la casa de habitación de su hacienda: "De una montaña inaccesible y enfermiza, han hecho la constancia e inteligencia del general Galavís una próspera hacienda, cómoda y sana". En el potrero San Antonio de su propiedad, introduce la cría del ganado cebú, con sementales importados, incorpora métodos modernos en su ganadería, cría ganado caballar, con esbeltas yeguas y caballos selectos. Sin embargo, no deja ni se aísla de la actividad política; en su hacienda recibe a grandes personalidades de la política, como al agregado militar de la embajada de los Estados Unidos de América (en los archivos del cronista reposan fotografías de este encuentro).
Libro Crónicas desde Morón - Los Cumbes y los Cimarrones
Según el diccionario, la palabra cumbe significa "cierto baile de negros ", "son de este baile". Y la palabra cimarrón: montaraz, salvaje, indómito, perezoso, reacio ala trabajo". Estos vocablos han estado ligados a la vida de los esclavos negros de Venezuela.
Durante la etapa colonial se usaban con mucha frecuencia estos términos. Cimarrón era el negro que se escapaba de sus amos, el que huía de las haciendas para internarse en el monte. Esto implicaba rebeldía ante el amo y era un delito para las leyes españolas. Ya de por sí haber nacido negro era un delito. Las leyes de los blancos obligaban a los dueños de las haciendas a denunciar la escapada delnegro: "Cualquier vecino o morador de aquella provincia, oque tuviere administración su hacienda, se le fuere a ausentare el negro, o negra del servicio, tenga la obligación de manifestar y declarar dentro del tercer día ante el escribano del Cabildo de la ciudad. Y si el amo del negro no lo manifestare dentro de dicho tiempo, incurrirá en pena de veinte pesos de oro, aplicadas por tercias partes al Juez, Denunciador y obras públicas".
A los negros esclavos se les hacía imposible la vida, no se les permitía viajar, caminar durante las noches en las poblaciones y ciudades, no podían portar armas ni llevar banderas de los ejércitos, las esclavas negras no podían llevar prendas ni mantas de seda. Los negros sólo estaban destinados al trabajo en las minas y haciendas, engrillados o bajo la observación del amo. Las leyes de los blancos apenas les permitían unos días libres para festejar a su manera los días de San Juan, San Antonio, San Benito. "Ese solo santo a quien dedicaban sus cantos y sus danzas fue la única oportunidad para aglutinar sus valores culturales, que han prevalecido a través del tiempo como expresión de la tradición oral" (1).
Toda opresión conllevaba a que el negro se convirtiera en cimarrón fugándose a las montañas donde formaban sus cumbes. Los cumbes eran comunidades donde se agrupaban los negros y mantenían relaciones de grupos basados en conceptos de igualdad. "En el año de 1720, Olavarriaga calculó el número de cimarrones en veinte muy para la visita de Humboldt en 1801, se estimó en sesenta mil... Si el amo sabía que su esclavo negro tenía contacto con cimarrones, estaba autorizado para ahorcarlo o en el menor de los casos, de propinarle trescientos azotes" (2).
Las zonas de Morón, Sanchón, Urama y Alpargatón eran propicias para los prófugos y cimarrones por su tupida topografía y además por ser un área de contacto con los contrabandistas. En 1712 un vecino de Alpargaten, Martín Ascanio, señala que "Acaban de ocurrir en Urama y Valles de la Costa de Abajo, una numerosa partida de cimarrones". Cita Miguel Elias Dao, quien dice al respecto lo siguiente: "Casi un centenar de cimarrones, escapados de haciendas del litoral y algunos procedentes de Curazao, mantenían en zozobra, prácticamente aterrorizados, a los habitantes de las comunidades cercanas, a quienes robaban los frutos, talaban los platanales, raptaban a las mujeres esclavas y cometían actos vandálicos y abusos incalificables.
Según el mismo relato, al jefe de este grupo de cimarrones lo apodaban El ahijado del diablo, puesto que hacía sus travesuras impunemente o desaparecía misteriosamente entre las haciendas, por lo que decían que estaba protegido por el propio mandinga. Los hacendados, cansados de las tropelías de este negro bribón, deciden juntar 25 hombres para darle caza, el negro se entera de su búsqueda y valientemente sale a Morón a enfrentarse a sus perseguidores, donde resulta muerto y capturado gran número de sus partidarios.
Muchos de estos cimarrones venían huyendo desde Curazao o de otras antillas holandesas y se establecían en Morón sometiéndose a la fe cristiana y acogidos por las autoridades eclesiásticas. Posteriormente no conseguían trabajo o el ambiente les era hostil, por lo que decidían dedicarse al pillaje, a la violencia o al robo. Otros se tornaban vagabundos y holgazanes, deambulando por las calles sin oficio fijo para luego caer en las garras del vicio. "Algunos de estos negros no vivían en cumbes o rochelas ni estaban sometidos a la esclavitud por haber alcanzado su libertad por medios legales o ya eran de condición libre, pero antes de convivir en núcleos de ciudadanos, preferían la vida suelta o vagabundear sin trabas, mirando siempre al sol y disfrutando del aire libre de cualquier rincón de la montaña ", al decir de Miguel Elias Dao. Quizás este ambiente les hacía recordar sus selvas africanas...
(1) Sojo, Juan Pablo. "Algunas supervivencias negro-culturales en Venezuela". Archivo de Folklore, N". 8. I Instituto de Antropología. (2) Mérida, Marco Tulio: "Canoabo, un pueblo de Carabobo" (Ediciones del Gobierno de Carabobo).